Polski Instytut Studiów nad Sztuką Świata [Hrsg.]
Sztuka Ameryki Łacińskiej: studia o sztuce kolonialnej, nowoczesnej i współczesnej — 7.2017

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Ana Longoni

(Auto) destrucción
La autodestrucción (del cuerpo de la obra, del cuerpo del artista e incluso de su
público) es una marca recurrente de esta vanguardia, como evidencia “La des-
trucción” a la que convoca Marta Minujín, la quema en un baldío de sus realiza-
ciones sobre colchones y cartones, intervenidas a su vez por sus amigos, la ac-
ción colectiva con la que la artista se despide de París en 1963. La destrucción
aparece muchas veces como intrínseca a las propias condiciones de producción:
es el caso del huevo de yeso que Peralta Ramos presentó en el Premio Nacional
Di Telia 1965, titulado “Nosotros afuera”, de tamaño tan desmesurado que no
entraba por la puerta del Instituto (por lo que debió ser construido obligatoria-
mente adentro del espacio de exhibición, y allí mismo demolido por el propio
artista al finalizar la muestra). Esta tendencia redundó en la destrucción siste-
mática de sus propias obras que llevan a cabo dos de los más significativos ar-
tistas de este movimiento, Rubén Santantonín y Ricardo Carreira, razón por la
que hoy casi no existen restos materiales de sus trabajos. En algunos casos los
materiales usados eran efímeros y eso condenaba a la obra a una vida frágil. En
otros, no lo eran, como en las esculturas de la serie “Biocosmos” con las que
Emilio Renart ganó el Premio Nacional Di Telia en 1964. Estas enormes formas
orgánicas hechas de cemento y gruesos alambres hubieran podido sobrevivir
a su tiempo, pero sin embargo, la carencia de un espacio donde guardarlas y su
distancia con la condición de mercancía u objeto digno de ser coleccionado, las
condenó igualmente a desaparecer. A veces, algún artista incitaba a que fueron
otros los hacedores de la destrucción. Oscar Bony abandonó en 1967 una enor-
me escultura fálica titulada irónicamente “Fuente” en una plaza pública, que al
día siguiente había sido destruida por manos anónimas. Eso era, claro, lo que él
quería lograr con esa provocación.
Estos actos de destrucción alcanzaron también al lenguaje. En 1965, Jorge
Bonino, arquitecto y profesor universitario cordobés, inició una serie de reme-
moradas performances a partir de la invención absoluta de una lengua, un len-
guaje inexistente e incomprensible. Publicitó su primer espectáculo (“Bonino
aclara ciertas dudas”) empapelando la ciudad de Córdoba con afiches escritos
en ese mismo idioma incomprensible, y logró congregar a centenares de per-
sonas que asistían a verlo impartir cátedra, vestido como un maestro y ante un
pizarrón, algunos libros y un mapamundi, y se iban del teatro llevándose un di-
ploma luego de ser parte de la parodia de Bonino de enseñar “a la gente a ha-
blar, a escribir”. En medio de cada performance, un niño irrumpía en escena y
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