Polski Instytut Studiów nad Sztuką Świata [Hrsg.]
Sztuka Ameryki Łacińskiej: studia o sztuce kolonialnej, nowoczesnej i współczesnej — 7.2017

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Ana Longoni

Vanguardia y revolución, violencia artística y violencia política parecen
haber encontrado su matriz común. Los artistas se comprenden a sí mismos
como parte de la vanguardia político-sindical que activaba contra la dictadura
de Onganía, e idean una nueva estética capaz de producir obras artístico-políti-
cas colectivas capaces de articularse con el programa de intervención de la cen-
tral obrera opositora. A partir de la correlación entre la teoría del foco guerri-
llero en la política y estas formas de activismo en el arte, en las acciones y los
manifiestos que componen el itinerario del ‘68 es posible rastrear las definicio-
nes de un arte para la revolución a las que estos artistas arriban: una acción ar-
tística que tenga la eficacia de un acto político, la violencia como generadora
de nuevos materiales, la defensa de la especificidad artística, aún al margen de
las instituciones artísticas, la apuesta por la ampliación del público hacia secto-
res masivos y populares.
Eduardo Ruano, uno de los artistas impulsores de esta radicalización, des-
cribe las acciones que emprendieron como: “un hecho revolucionario que se te-
nía que dar no solo en el campo de la política sino en el campo de lo artístico,
a través de las formas de las obras, que fueran revolucionarias”.48 Una obra de
arte objetivamente revolucionaria significa, como señala otro de los participan-
tes, Juan Pablo Renzi, que realice en sí misma la voluntad de cambio (político y
estético) de su creador. Esto implica, además del uso de “materiales políticos”
en el arte, una defensa de la experimentación formal: la revolución artística a la
par de la revolución política. La nueva obra, definida como una acción colecti-
va y violenta, una agresión intencionada, aportaría a la transformación de la so-
ciedad (inscribiéndose en la oleada revolucionaria) y al mismo tiempo a la del
campo artístico (destruyendo el mito burgués del arte, el concepto de la obra
única para el goce personal, la contemplación, etc.). La reivindicación de la
violencia como fuerza transformadora y necesaria colmó de metáforas violen-
tistas la retórica de la vanguardia. Ejemplo de ello, la conocida afirmación de
León Ferrari: “la obra de arte lograda será aquella que dentro del medio donde
se mueve el artista tenga un impacto equivalente en cierto modo al de un aten-
tado terrorista en un país que se libera”.49 Pero en el itinerario del '68, la vio-
lencia política no aparece solo como alusión, denuncia o referencia, sino como
materialidad, ejecución, acción. En su curso se entremezclan los usos de la vio-
lencia (contra el material, contra el público) que son inherentes a la historia de
la vanguardia artística con las nuevas formas de la “violencia política”: “La
agresión intencionada llega a ser la forma del nuevo arte. Violentar es poseer y

48 Eduardo Ruano, entrevista realizada en Buenos Aires, en febrero de 1997 por Mariano
Mestman y Ana Longoni.
49 Ferrari 2000 [1968],
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