Polski Instytut Studiów nad Sztuką Świata [Hrsg.]
Sztuka Ameryki Łacińskiej: studia o sztuce kolonialnej, nowoczesnej i współczesnej — 8.2018

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Malena La Rocca

Finalizaba el mes de noviembre de 1981, no era la época de los bailes del
carnaval porteño, de hecho durante la dictadura militar (1976-1983) estuvieron
prohibidos esos festejos y cualquier otra reunión pública no oficial. A partir del
golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 que diera inicio al autodenominado
Proceso de Reorganización Nacional entraron en vigencia del estado de sitio y
la ley marcial que prohibía manifestaciones callejeras y perseguía reuniones de
dos o más personas juntas en la vía pública. Una contravención a esta norma
podía implicar la detención y el encarcelamiento de quienes la incumplieran.2
Contemporáneamente a Marat/Sade en La maravillosa revelación del
misterio de Las Brujas, el Grupo de Arte Experimental Cucaño también reali-
zó un ritual de la muerte en el espacio público. Un cortejo fúnebre trasladaba
un féretro desde las calles céntricas de la ciudad de Rosario (Provincia de Santa
Fe) pasaba por el Monumento Histórico Nacional a la Bandera hasta la cima de
las barrancas del río Paraná. Ingresaba a una elegante confitería, un orador pro-
clamaba delirantes discursos sobre las mesas del establecimiento, abría el ataúd
y con un cuerpo de yeso en mano declamaba: “aquí está nuestra generación,
que también es la de ustedes, una generación muerta, por lo tanto este ataúd les
pertenece”. Se desplegaba una bandera con la leyenda “¡Libertad total a la ima-
ginación!” y la procesión religiosa se desperdigaba por las barrancas ante la lle-
gada de las patrullas policiales.3
En Marat/Sade y La maravillosa revelación del misterio de Las Brujas
fueron desplegaron recursos estéticos para señalar la muerte, los muertos y su
perturbador vínculo con los vivos. ¿Cómo interpretar estos rituales fúnebres ca-
llejeros realizados durante la dictadura cívico-militar responsable de la desapa-
rición forzada de miles de personas? Si lo leemos desde nuestro conocimien-
to actual sobre el accionar represivo del régimen estas acciones presentan una
inquietante alegoría de que no había encuentro colectivo que pudiera soslayar
o evadir las ausencias que intentaba negar la dictadura bajo la anulación de su
existencia denominándolos “desaparecidos”.4 Sin embargo en estas conmemo-
raciones de la muerte el duelo adquiere una dimensión festiva. La burla carna-
valesca no sólo está dirigida hacia la autoridad político-religiosa sino también
hacia la juventud, el mismo grupo etáreo de sus actantes. Estas performances
2 En el Comunicado n.l y 2 del 24 de marzo de 1976, publicados en el diario “La Razón”,
p. 4.
3 Esta acción fue reconstruida a partir de los testimonios de Carlos Ghioldi y Daniel Canale.
4 Ante la presión de la prensa internacional y los organismos de derechos humanos por la des-
aparición forzada de personas, Jorge Rafael Videla, el jefe de la Junta Militar había declarado:
“...frente a los desaparecidos en tanto, éste como tal, es una incógnita. Si reapareciera tendría un
tratamiento equis. Pero si la desaparición se convirtiera en certeza, su fallecimiento tiene otro tra-
tamiento. Mientras sea desaparecido no puede tener tratamiento especial, porque no tiene enti-
dad, no está muerto ni vivo”. Diario “Clarín” 14 de diciembre de 1979.
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